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Autor Tema: Janeth, un bombon, deliciosa  (Leído 317 veces)
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« en: Junio 13, 2006, 12:50:05 »

"Janeth, madura, dulzura escondida ……

Janeth es mi compañera de oficina, pero fuera del trato puramente laboral, no había tenido con ella ninguna otra clase de relación. De hecho me parecía alguien extremadamente reservada y dedicada a su hogar. Repito, nuestro trato solamente había sido solamente por razones de oficina.

Es una mujer de 38 a 40 años de edad, casada y con tres hijos, todos menores de edad. Vive en un suburbio de Caracas. Su posición económica es la normal para una persona de su estrato. Rubia, cabello lacio que siempre se lo recoge en cola de caballo. Tiene hermosas facciones. Labios gruesos, provocativos, y un busto que no pasa desapercibido pues se nota a distancia, especialmente cuando viste con blusas blancas, generalmente transparentes. Su brasier pareciera que realiza esfuerzos por contener esos dos hermosos y dulces melones. A pesar de su edad, siempre utiliza falda un poco más arriba de la rodilla y cuando se sienta, deja ver la redondez de sus piernas, gruesas, que invitan a la caricia.

En una oportunidad, el jefe de nuestra oficina me encargó realizar un estudio de mercadeo fuera de Caracas, más concretamente en Isla Margarita y ante mi manifestación en el sentido de que la tarea era considerable para una sola persona, le manifesté la necesidad de que alguien pudiera acompañarme en mi viaje. Me pidió una sugerencia y no dude en decirle que me parecía que Janeth era muy competente y conocía de manera suficiente el trabajo que se debía realizar. Ella, una vez enterada, no puso ningún inconveniente y nos aprestamos a viajar el lunes siguiente.

Así fue, viajamos vía aérea a Islas Margarita. Me di cuenta que Janeth estaba complacida de viajar conmigo, pues sabía que yo era alguien que siempre había valorado su trabajo.

Llegamos luego de un largo viaje y nos hospedamos en un lujoso hotel de la Isla, cada uno, desde luego, en su habitación. Antes de dirigirnos a ella, le dije a Janeth que la esperaría en el vestíbulo a efectos de salir a tomar algo y planear de ese modo la actividad que habríamos de cumplir de acuerdo a lo ordenado. Ella aceptó y me dijo que la esperara unos 15 minutos mientras se cambiaba de ropa y arreglaba.

Estaba yo en el vestíbulo del hotel mirando algo de televisión, cuando llegó Janeth. Oh ¡ me quedé sorprendido. Janeth estaba hermosa, había dejado suelto su cabello rubio, que caía sobre sus hombros. Tenía puesta una blusa blanca, de seda, con botones, que permitía ver el brasier blanco que sujetaba sus hermosos senos. El botón del medio de su blusa, que estaba sin apuntar, dejaba ver que su brasier era de encaje, muy provocativo. Creo que ella se dio cuenta de mi sorpresa y al darle un beso en la mejilla, como siempre la saludaba, le dije al oído que estaba muy linda. Se sonrojó algo y me apretó la mano. No vestía con pantalón como en el viaje, sino que ahora se había puesto una falda blanca, mucho más arriba de la rodilla y medias de seda y zapatos de tacones. Definitivamente, Janeth era en ese momento todo un bombón, un bombón que invitaba a saborearlo.

Viajamos hasta un restaurante de la Isla y lo hicimos en taxi. Al sentarnos en la parte de atrás del vehículo, no contuve mi admiración cuando las piernas de Janeth se veían muy hermosas pues la colocación en el asiento hizo que su falda subiera mucho, sin que ella hiciere esfuerzo por volverla a su lugar.

Llegamos al restaurante, almorzamos y planeamos nuestro trabajo. La actividad terminó cerca de las 7 de la noche. En ese momento le dije a Janeth que fuéramos a un sitio desde el cual se pudiera mirar mejor la bahía. Ella aceptó. Nuevamente viajamos en taxi y yo no deja un instante de mirar disimuladamente sus bellas piernas. Janeth sudaba copiosamente por el calor y eso hacía que su blusa trasluciera aún más sus deliciosos senos. Sin embargo, nada le había indicado a ella los deseos que tenía yo de poseerla. Eso jamás pasaba por su mente.

Arribamos entonces a un lugar muy agradable, donde se habían ubicado mullidos muebles y con una esplendorosa vista a la bahía. Ya era muy avanzada la noche, casi cerca de las 10 y Janeth no puso ningún reparo cuando le propuse que tomáramos champaña, la misma que yo había pedido al mesero que trajera en un instante en que me acerqué a la barra.

Empezamos a tomar y, con 4 o 5 copas encima, Janeth no tuvo el menor inconveniente en cruzar sus bellas piernas y por lo alto de su falda, la vista era magnífica, aunque, hasta ese momento, yo lo único que hacía era mirar disimuladamente. El licor empezó a hacer sus efectos en los dos y me di cuenta que por el calor del lugar, Janeth sudaba copiosamente, lo que hizo que desabotonara mas su blusa, y yo ahora si pude mirar con halago la redondez de sus bellos senos, dibujados en el brasier blanco de encaje. La música empezó a sonar y Janeth me pidió que bailáramos, tal y como lo hacían otras de las parejas que estaban en el lugar. Sin embargo, le propuse y ella aceptó, que fuéramos a un sitio donde hubiera más intimidad.

Fuimos entonces a una discoteca, en la cual había muchísimas parejas bailando al son de los ritmos caribeños. Isla Margarita era el ambiente propicio para ello. Al entrar, y dada la penumbra del lugar, tomé de la mano a Janeth para guiarla y ella no opuso ninguna resistencia, por el contrario entrelazó la suya con la mía y yo comprendí, al menos advertí, que algo podía suceder esa noche, pues Janeth no había tenido inconveniente alguno en acompañarme a cenar ni menos aún en tomar la champaña y ahora muy complacida aceptaba que fuéramos a la discoteca.

Entramos y nos ubicamos en un apartado, con luz muy tenue y como ya habíamos bebido champaña, pedimos que nos trajeran otra botella. La penumbra hizo lo demás. En efecto, al salir a bailar Janeth no opuso resistencia cuando la solté de las manos y coloque mi bulto contra sus piernas, ella se dio perfecta cuenta de mi erección pero le agradó, dejo hacer, en la oscuridad, y aunque nadie nos conocía, deslicé mi lengua por su cuello y lo lamí, Janeth me acercó su boca y nos fundimos en un apasionado beso en el cual remojamos nuestras lenguas. Así terminamos de bailar y al regresar al apartado, todo estaba más fácil, me dijo que no hablara, que no interesaban las explicaciones. Sentada, Janeth volvió cruzar sus piernas y yo inmediatamente puse mis manos sobre ellas, rozándolas suavemente, mientras atraía hacia mi nuevamente su boca y volvía a besarla apasionadamente. Nuestro sudor se confundía. Dejé de acariciar las bellas y deliciosas piernas de Janeth y en medio del bullicio de la música y la oscuridad, donde nadie se daba cuenta de nada, pues los apartados se aislaban por una cortina, la bese y mordí sus labios mientras mis manos acabaron de desabotonar su blusa para poder agarrar la redondez de esos hermosos melones que estaban cubiertos de sudor. Supe que terminaríamos en la cama cuando Janeth tocó mi bulto por encima del pantalón y gemía mientras yo continuaba masajeándole sus deliciosos senos.


Por fin, Janeth me dijo algo que, de no haberlo hecho ella, lo habría hecho yo. “Vamos al hotel, vamos a la cama”. Pagué la cuenta mientras ella se arreglaba un poco en el baño de la discoteca. Salimos, tomamos un taxi en el que continuamos besándonos, al fin y al cabo el taxista no tenia idea de quienes éramos, no sabia que los dos éramos casados y que esa noche nos esperaba una esplendorosa y deliciosa sesión de sexo.

Llegamos al hotel, cada quien por su lado para no despertar la más mínima sospecha. En el hotel, había que tener precauciones. Al llegar al piso en donde se situaban las habitaciones contiguas, Janeth me estaba esperando a la entrada de la suya. Y entramos.

Mientras ella entró nuevamente al baño, yo me desnudé rápidamente y me metí entre las sábanas. Janeth salió del baño cubierta con una toalla pero yo, al verla, le pedí que se dejara la minifalda y su brasier, y ella aceptó, me dijo que quería disfrutar conmigo y que me daría gusto en todo lo que le pidiese.

Salió con su mini, la que había subido muchísimo mas y aún poniéndose su brasier blanco de encaje y, como yo, se metió entre las sabanas. No perdimos tiempo, empezamos a besarnos apasionadamente, yo mordisqueba sus senos, los masajeaba, los lamia y ella tomó mi verga entre sus manos y la movía, pero le dije que lo hiciera despacio para no derramar mi semen que quería darselo todo. Bajé, lamí sus piernas, les eché saliva, Janeth gemía de puro placer “ah … ah ….. ah…. “ y eso aumentaba mi líbido. Ella me dijo que la penetrara y yo le propuse algo que no se si en el poco recato que le quedaba iba a rechazar : le pdi que ensalivara mi verga para que pudiera entrar bien lubricada. Janeth, esa madura hermosa y dulce, bajó su cabeza y empezó a ensalivar mi verga, a ponerle toda la saliva que podía, tuve que contenerme para no derramarme. Me dijo que si así estaba bien, pero ahora era yo quien gemía de puro placer. Janeth volvio a su sitio y subió su falda, penetrame me dijo, hazlo ya, no aguanto mas y lo hice, jamás había penetrado a alqguien de manera tan deliciosa, la penetré y apenas fueron 3 o 4 bombeadas para echarle todo mi semen mientras agarraba sus senos sin quererlos soltar. Ese día, supe que Janeth era una madura deliciosa y escondida.

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